< Evolución darwiniana en las nubes >
Hay ocasiones en las cuales el alma se desprende del cuerpo y solo queda la opción de vivir el día a día esperando morir algún día, porque las personas no queremos morir, solo queremos vivir esperando a la muerte en el escalón mas alto de una imaginaria escalera que surque los cielos, que se detenga en una nube pomposa y espumosamente blanca y que de allí pase a otra esquivando los fuertes rayos del sol, que como grandes punzones se insertan directamente en lo sagrado de nuestro tercer ojo, buscando la resolana que los mismos dejan entrever entre los blancos meteoros que contrastan con el celeste azul del cielo inmaculado, que actúa de telón de una imaginaria obra astral en donde los actores principales de la onomatopeya darviniana de la evolución de las especies se demuestran una a una por entre las nubes, que con figuras no tan extrañas dan lugar a la imaginación de cualquier mortal y recrean espectáculos, entre bizarros y realistas. Pequeñas partículas de blanco resplandeciente que se unen a otras diminutas imágenes recreadas en el cielo celestino, luego esas pequeñitas imágenes se hacen mas chicas aun, pero se unen y forman una fuerza descomunal, atrapante, inigualablemente bella que se convierte en un pequeño ser unicelular, cual si fuera una ameba. Prosigue la evolución y su curso va tomando ritmo en el limbo de las nubes que lentamente se van moviendo por el fuerte y arrollador soplido del viento, las amebas se degluten lentamente mas amebas y así van creciendo y cambiando su fisonomía. De amebas pasan a ser seres bi celulares, multicelulares y llegan a la creación máxima del mundo, ¡el barrilete cósmico!, ¡el genio de las profundidades de los mares!: “el pez”.
Una nube se fusiona con otra y al mismo pez les agregan unas enormes aletas que con un fuerte soplo del irrenunciable señor viento las convierte en pequeñas extremidades, ¡atención!, parece ser que lo que era un pez se convierte en un cuadrúpedo que burla los mares y se interna en la tierra. Así lo que era una nube pez, pasa a ser una nube cuadrúpeda, y en la tierra, si, firmemente en la tierra deglute cuantas flores de nubes se van formando en lo extenso del cielo. Come una nube de gramínea, y deja las de tréboles para el postre, de mientras de segundo plato opta por una margarita de fosforescente botón central amarillento y de pétalos color alegría, el color del botón se lo daba un fuerte resplandor ámbar que provenía de la estrella central y el color alegría era cual color que imaginase quien quisiera estar alegre en un lugar especifico.
Luego de comer cuanta flor y gramínea encontró, la nube que en un principio era pez y ahora ya era cuadrúpedo, decidió descansar por un rato y en su sueño se fue convirtiendo de nube en nube en un roedor que escapaba de las garras de un monumental hombre verde, de cuernos en sus narices, como los que recitaba Rafalon, un erudito de mi pueblo, escapaba y surcaba de árbol en árbol, los árboles eran diagramados por la acción del viento en pesadas nubes que ya con el correr de las horas habían tornado su color blanco inmaculado a un grisáceo que avizoraba una tormenta inminente. Luego de que pase de árbol en árbol y de nube en nube, en el sueño del cuadrúpedo, la rata, se convirtió en un pequeño simio, y lentamente siguió surcando las inmensidades de lo desconocido, así se fue irguiendo y tomando forma y evoluciono como evolucionan las especies y como evolucionan las nubes por la acción del viento creando imágenes un tanto bizarras y un tanto reales, pero imágenes que van demostrando poco a poco y lentamente la realidad de la historia universal, la historia de uno mismo.