JOSE DAVID APEL
 
< El arca de "Noé" >

Cuando era pequeño soñé una noche que me encontraba en el medio del monte, rodeado de árboles no tan altos, chañares, algarrobos, algunos eucaliptos sobresalían del paisaje sencillo. Recuerdo que caminaba lentamente, me veía grande, ya un hombre joven, tal vez veintiséis años…
El sol brillaba incandescente en el firmamento y me mojaba con sus rayos mi cabellera, que era larga como la de un león, me ungía como si fuese el aceite divino que derramó el pueblo de Israel sobre la cabeza de David, el día que fue coronado Rey…
Los caminos eran tupidos, de grandes matorrales, imposibles de transitar, pero sin embargo yo solo decidía elegirlos, cruzarlos y llegar al desconocido destino que me esperaba del otro lado del sendero.
Di paso por paso lentamente hacia una de las vías que se encontraba a lo lejos, casi invisible a la percepción del ojo humano. Llegué a el, y comencé lentamente con mis manos a abrir las ramas y las hojas que no me permitían realizar un trayecto cómodo. Había elegido el camino más difícil, pero sentía en mi interior que me llevaría a buen puerto, así que no medié más cavilaciones y decidí emprender la travesía.
Camine cientos de pasos, no lo recuerdo, mis sueños se desvanecían ante la inmensidad de la creación, tenia que concentrarme en sueños y regresar al mismo, así que decidí comenzar a profundizar mi realidad onírica y me entregue por completo a la historia que se estaba desarrollando en mi inconciente.
No claudicaban mis fuerzas, me detuve un momento ante el brillo resplandeciente del mineral plateado entre los follajes verdes. Me acerque, y observe una gran llave, su forma era extraña pero intrigante, encerraba en su figura un poder difícil de explicar con palabras, y con sueños. En su parte superior se podía observar una figura que formaba una flor abierta, su cuello era largo y grueso y lo que abriría la cerradura era de una sola combinación, fácil de abrir, y fácil de cerrar, como lo es la amistad…
La tome entre mis manos, y la guarde en el bolso de tela que había llevado para el recorrido, en el sólo tenía lo imprescindible pero lo indispensable para una empresa de tal envergadura: Agua, Comida, Abrigo, y una soga para trepar de algún árbol en caso de ser asediado por algún animal del monte.
Seguí mi recorrido, luego de transitar horas de caminata llegue al final del camino, a unos cien metros podía observar una casa rustica, confeccionada en piedra, de altos ventanales, puertas de algarrobo, techos a dos aguas de tejas negras y una alta chimenea de la cual salía extrañamente un humo negro, el mismo humo que no te deja observar la magnificencia del amor en tu corazón, el mismo humo que te tapa la percepción de poder encontrar el humo purificador claro, que te permita encontrar el punto medio, convierta lo negro en gris, que te ayude a encontrar el corazón…
Me acerque a la casa pisando la gramilla amarillenta, resecada por el crudo invierno que había acechado al monte esa temporada, el mismo invierno que se había hecho dueño de mi interior, para ese entonces…
A unos pocos metros de la casa mi inmensidad se exaltó, escuche un grito que provenía del interior de la vivienda. Sin vacilar, ingrese sigilosamente al habitáculo, la puerta rechinó con su estremecedor ruido crujiente. Ya adentro, observe mi alrededor, en el fondo de la habitación se encontraba un gran hogar, con tizones que lentamente se estaban apagando, decidí no observar la tristeza de la finalización del fuego y emprendí mi camino al lugar de donde provenían los gritos. Traspase un vestíbulo en donde de la pared colgaban viejos abrigos oscurecidos por el tierral que levantaban los fuertes vientos del norte, un sombrero resquebrajado en su ala, y un pequeño pañuelo inmaculadamente blanco, que me recordaba entre tanta oscuridad, que todavía en algún lugar de la negritud existía la claridad…
Con pasos firmes pero cautelosos ingrese a la habitación que daba al vestíbulo, de allí provenían los gritos. Tome el picaporte, abrí el portal e ingrese al habitáculo. El paisaje era simplemente el de la soledad y el olvido. La habitación estaba completamente vacía, su suelo de madera sonaba con los pasos y sus tablas crujían al ritmo de mis movimientos, en uno de los rincones, una mujer se encontraba en cuclillas, estaba vestida con un camisón que tocaba sus talones, totalmente blanco, se tomaba con sus manos los ojos, sus mejillas, completamente bañadas en la sal que desprendían sus pupilas.
Me acerque lentamente, la tome de una de sus manos para pode observar sus ojos, al ver el brillo de sus pupilas produjo en mi una sensación única. El celeste de sus cristales era más hermoso que el firmamento de los días límpidos de las pampas argentinas…
Le pregunte ¿porque motivo gritaba de esa forma?, ¿que era lo que le sucedía?, y si de alguna manera podía ayudarla…
Solo me respondió unas pocas palabras que apenas pude alcanzar a escuchar, me dijo en sueños que le habían robado el corazón río arriba, en una correntada tumultuosa, pedregosa y oscura, me dijo que el río era angosto y peligroso, que no fuera, que la única salida de aquel cause era descorazonado, me comentó que habitaban almas que solo dedicaban sus días y sus noches a cautivar los órganos motores de los mortales y luego desecharlos como si fueran simples tóxicos nuevamente al río…
Luego de las palabras y la suplica de que no emprendiese una nueva travesía me dijo que me fuera de allí y que dedicara mis días a ser feliz, y a encontrar el amor en algún lugar donde sea bien recibido.
Me despedí de la mujer con un beso en sus manos, y di media vuelta, camine sobre el ruidoso suelo y atravesé el portal que me llevaba a la gran habitación del hogar, donde se encontraba ya apagado el fogón que hacia unos pocos minutos estaba encendido. Antes de dirigirme al exterior decidí arrimar unos tizones al brasero ya muerto, y saque un cerillo de mi bolsillo, le di mecha a la leña y nuevamente comenzó a arder, el fuego toco el techo de la chimenea, y luego lentamente fue retomando su forma ancestral, las llamas eran lo que mantendría calido el ambiente hasta que yo regresara.
Salí al exterior de la casa de piedra, recorrí unos pocos metros y la gramilla resecada se fue mezclando con la arena que desembocaba en las costas de un río tranquilo, ancho, el mas ancho que había visto hasta ese momento, tal vez, el mas ancho del mundo, su agua era cristalina, y se podían observar los pececitos de colores bailar al compás del viento.
Me moje en el río para recobrar fuerzas, me tranquilice por un momento, y medite sobre lo que tenia pensado hacer, estaba decidido a recorrer los kilómetros que sean necesarios para llegar hasta el nombrado río tumultuoso, pedregoso y oscuro de donde tenia que rescatar el corazón de aquella mujer dolida, que solo lamentaba a gritos la perdida de sus sentimientos, de su amor.
Atado a una alto palmar observe una pequeña barca de madera, con sus remos en sus extremos, lo llamativo de sus colores cautivo mi atención, el verde, amarillo y el rojo rodeaban el exterior y el interior de la barcaza. En el extremo delantero de la canoa se podía observar en letras claras un nombre: “NOE”, yo la hice mi arca, y decidí salvar el corazón de una persona.

Me dispuse a embarcar, desencalle el barquito de la arena y lo introduje en las calmas aguas de aquel ancho río que por su pasividad ya lo había hecho mío.
Tome los remos, y decidí comenzar a remar río arriba en búsqueda de la peligrosa correntada.
Navegue tantas horas como me permitió el sueño, luego de atravesar la boscosa y hermosa vegetación, pude observar un pequeño brazo del río que se bifurcaba hacia el poniente, tome el cause y luego de horas de remar incansablemente comencé a ver las piedras que lentamente iban golpeando la barca, y mis remos se anclaban entre medio de las rocas, pero yo seguía mi camino, esquivaba cuantas conformaciones rocosas se me pusieran en frente, y no claudicaba en mis esfuerzos por lograr lo tan ansiado, había llegado hasta allí, debía seguir mi camino, debía encontrar el corazón y devolvérselo a quien le pertenecía.
Transcurrí todo el trayecto con ansiedad y con miedo, pero seguro de mi mismo, seguro de mi luz interior, sabía que mi Dios interior no me abandonaría en tal excursión, que acompañaría mis pasos, y que me llevaría a buen destino.
A lo lejos observe una cascada oscura, alta, muy alta, parecía que caía de los cielos, pero no llegaban al firmamento, solo eran parte de la ilusión de mi mente, y de mis sueños. El agua era tan oscura como el petróleo, sus afluentes contaminaban por completo el curso de agua que en algún momento había sido cristalino y la transpiración del liquido se adhería a las piedras haciéndolas mohosas y cansadas.
Encalle mi barca de ilusiones a un costado de la cascada, no quería imbuirme en el líquido negruzco, no quería contaminar yo también mi alma, así que decidí, ingresar por uno de sus costados, aferrándome a las pedregosas paredes de la montaña de la cual descendía el óleo.
Transite unos cuantos pasos de espaldas a la catarata, tocando con mis manos la piedra observe que la pared se terminaba y comenzaba el infinito, observe hacia uno de los lados y pude encontrar una cueva cerrada de luz, decidí ingresar y descansar.
Me recosté solo por un rato, el viaje había sido largo y cansador, mis brazos ya estaban destruidos de tanto remar contra la corriente, pero por fin había llegado al destino esperado. Me sumí en un profundo sueño dentro de mi sueño de doce años, estaba viviendo una realidad paralela a mi propia realidad paralela de mi sueño revelador. En aquel sueño dentro del sueño el hombre joven se encontraba recostado en el mismo lugar en donde se había quedado dormido, y un fuerte ruido lo había despertado, era una voz que provenía de la ultratumba, oscura, aparentaba ser pequeña, pero era tan poderosa que solo la podían oír quienes habían conocido la muerte en vida y habían logrado atravesar el umbral de la locura para ser finalmente delirantemente reales.
El idioma en el que hablaba era in entendible, solo balbuceaba unas cuantas vocales, el joven se levanto y decidió ir en búsqueda del sonido, al llegar al final de la catacumba encontró un anima oscura, tan oscura como el contexto que rodeaba todo el lugar.
Solo se alcanzaban a percibir sus ojos enteramente rojos. Inmerso en una delirante danza mostraba entre sus manos un corazón hermoso, el mas bello que el joven había visto hasta ese momento, su esplendor brillaba y hacia luminosa la cueva.
El hombre tomo coraje y lentamente se acerco al anima, con palabras firmes le exigió que le devolviera el corazón, que de lo contrario iba a tener que pesar en su conciencia el dolor y la muerte en vida de una mujer. El anima solo atino a lanzar el órgano hacia la rancia cascada. El corazón se tiño de un oscuro ennegrecido y callo por entre medio de las piedras que rompían el recorrido tumultuoso del afluente hídrico.
Allí fue cuando el joven despertó del sueño y decidió correr en búsqueda de lo que había visto en sueños, camino por la rocosa pared, descendió unos cuantos metros en búsqueda de su barca, pero se detuvo un instante, y pensó para sus adentros: “Es mejor que me bañe en este río tumultuoso y busque allí en la matriz del cause el corazón de la mujer que vi en aquella casa de piedra”.
El hombre se desvistió, y mojo su inmensidad en las aguas oscuras y tumultuosas de aquel afluente rocoso. Nado cuanto pudo hasta llegar a la mitad del río, observo por entre medio de las piedras el corazón incandescente que brillaba a la luz de la luna de aquella noche esplendida. Lo tomo, lo beso, y regreso sin pausas hasta su barca “NOE”, se vistió, guardo con recaudo el corazón en su bolsa de tela, y emprendió el viaje de regreso.
Al llegar a la mitad del río, observo como lentamente sus aguas se aclaraban, observo hacia atrás, y pudo ver que la cascada había cambiado su color, lentamente se convertía en un cristalino transparente que dejaba ver la oscuridad de la cueva en la cual el había tenido el sueño, y la luminosidad de la luna podía reflejar la pureza escondida de aquella catacumba.
Siguió remando, tomo el camino que lo llevaba hacia su río ancho, y luego de muchos esfuerzos llego nuevamente a su punto de partida.
Amarró la barca tricolor al palmar, y tomo su bolso de una de las puntas de la canoa. Se lo colgó de uno de sus hombros y corrió sobre la arena y luego por la gramilla hasta llegar a la casona de piedra. Antes de llegar a la misma, observo en lo alto de la chimenea la humareda gris que tanto había buscado al incinerar los leños para que calienten la casa.
Ingreso raudamente a la vivienda, no le importo el rechinar del piso de madera, ni los abrigos sucios colgados de la pared, ni el sombrero con el ala cortada, abrió la puerta de la habitación y encontró a la mujer en la misma posición en la que se encontraba cuando el la había visto y había podido observar su rostro y sus ojos.
Nuevamente se acerco, se agacho enfrente de ella, le tomo las dos manos, las puso palmas hacia arriba, y saco de su bolso de tela el corazón que había rescatado de aquel río angosto.
La mujer solo atino a mirarlo, le agradeció, y le pidió que se fuera, y que la olvidara.

El hombre acato el pedido de la mujer, y salio de la casa desesperanzado pero con el sentimiento del deber cumplido, sabía que había salvado un corazón, y que ese era el regocijo más grande para su alma.

Descendió hacia las blandas arenas que lamen el río, que para el era el más ancho del mundo, lo contemplo a la luz de la luna, observo las estrellas y pidió un deseo. Luego con su vestimenta puesta, decidió internarse por completo en las transparentes, calmas y calidas aguas. Se dejo llevar por la corriente, río abajo, y se perdió entre la vegetación. Pasó el tiempo, y despertó del sueño en el que se encontraba recostado en las tranquilas aguas, se vio muy lejos del lugar donde había dejado su barca tricolor, su casa de piedra, su chimenea, y “su corazón”…

Decidió por un momento salir del río, descanso en tierra firme por unos cuantos días y espero, solo espero a que los días se hagan noches y las noches se hagan días.
Una mañana mientras el hombre estaba sentado contemplando la otra orilla del río, observo como a lo lejos por el cause del río, se acercaba su arca de “NOE”, dentro de ella traída por la corriente se encontraba la mujer a la cual el había devuelto el corazón.
La mujer se acerco hasta sus costas, descendió de la barca, y solo lo miro a los ojos…
El hombre le dijo en voz baja a su oído: “esta vez no me dejes…”, la mujer solo atino a entregarle el corazón nuevamente para que el lo cuidase y el hombre aceptándolo lo guardo en su bolsa de tela.
Juntos subieron a la canoa tricolor, remaron uno de cada lado, y se acercaron a la otra orilla, atravesaron el río sin muchos esfuerzos, solo con la ayuda de los vientos.
Al llegar encontraron pasando la tupida y frondosa vegetación, un muro inalterable, enorme, tan alto como los cielos, su longitud recorría desde donde comenzaba el norte hasta donde terminaba el sur, parecía ser infinito.
La mujer le mostró una de las grietas por las cuales se podía observar el otro lado, el hombre se acerco y pudo contemplar un paisaje dantesco, el humo y el fuego brotaban de las profundidades, la gente caminaba con vendas en los ojos y con vestimentas de muerte, los árboles estaban resecos y el azufre del agua era de un color cancerigeno, grandes edificios de concretos se enclavaban de forma dispar entremedio de laberínticas calles asfaltadas, calientes y diabólicas.
La mujer lo observo y le dijo: “Solo tu decides, si traspasar mas muros o quedarte a mi lado”.
El hombre respondió a la sugerencia de la mujer con un abrazo, y le dijo: “yo me quedo en el paraíso, a tu lado”.
Regresaron a la otra margen del río, lejos de los muros que separaban de la diabólica realidad, y comenzaron a construir su hogar, olvidándose de las frías piedras que habían dado cobijo al recuerdo del corazón perdido.



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